La urraca y la cerilla (Parte final)

Relato corto: La última cerilla. Apólogo sobre el miedo a actuar

Tensión psicológicaRelato de tensión psicológica.

La urraca y la cerilla.

Un relato de tensión psicológica.

 

Juan Manuel sale huyendo de la ciudad, necesita estar solo. Piensa que la naturaleza le va a arropar, a ayudar con sus problemas. Pero no sabe que esta tiene una sorpresa preparada para él y que en realidad se va a convertir en su juguete si no consigue salir de allí pronto…

Siempre fui un admirador de Poe y sus relatos y quise escribir uno que recreara esa atmosfera suya tan particular: la sensación de desesperación en el personaje que lo absorbe por completo.

 

La urraca y la cerilla (Parte final)

El domingo Samuel y Julián habían salido de excursión a la montaña.

Un nuevo fin de semana que su hermano lo convencía para hacer algo que él nunca habría elegido. Habían nacido de la misma madre, pero eran enormemente diferentes. Nadie se creía en realidad que fueran hermanos. Todavía se preguntaba que hacían a tantos kilómetros de cualquier lugar civilizado sin posibilidades de rescate si a ambos les pasaba algo. Era incapaz de entender cómo se las ingeniaba siempre para convencerle de seguirle en sus locuras. Y allí estaba, preparado para sumergirse en las entrañas de la tierra sin pedirle permiso.

—¡Samuel que haces, es peligroso!

—¡Parece seguro!… ¡Ya estoy llegando abajo! No me hagas regresar de nuevo —le recriminó.

Su hermano era imposible. No, no estaba aprobando su decisión.

—¡Julián!… —De pronto un silencio enigmático emanó de la profunda oscuridad dejando a Julián angustiado.

—¿Te has caído? —preguntó con preocupación.

Como tuviera que sacarlo él solo… Se lamentó Julián mirando hacia el oscuro abismo.

—¡No! ¡Ven a ver esto! —gritó finalmente Samuel desde las oscuras profundidades de aquella herida abierta. Su voz retumbaba débil allí arriba.

—¡Ya te he dicho que me da miedo bajar ahí! ¡Antes me he resbalado y ahora me duele la pierna! —declaró Julián asomado a la boca de la cueva.

—¡Julián, esto lo tienes que ver! ¡Hazme caso! ¡Pon el pie a la derecha del todo, sobre el borde de la roca que sobresale y deslízate con el trasero, es la peor parte, luego está mejor!

Julián inspiró con fuerza.

—¡Vale, tú ganas, ya voy! —se resignó sin demasiado ánimo mientras se preparaba para intentarlo de nuevo.

Esperaba no matarse o terminar por romperse algún hueso. Siempre acababa claudicando ante las imprudencias de su hermano. Era demasiado débil.

Julián encendió la linterna que había sacado de su mochila verde militar y muy a su pesar se dispuso a descender por el agujero.

—¿Has encontrado lo que perdió la urraca? —voceó desde arriba.

—¡He encontrado algo mucho más escalofriante!

¿Qué sería eso?, se preguntó Julián mirándose el pie que colgaba delante de él y que iba a deslizar para cruzar el umbral. No le daba muy buena espina lo que podía descubrir allí abajo. Quizá la urraca les estuviese avisando de que algo dramático había acontecido en aquella gruta abandonada. La naturaleza les estaba avisando.

—Espérame aquí, amiguita, veremos qué buscabas.

El córvido observó cómo se adentraba el segundo hombre mientras inclinaba la cabeza desde la rama del árbol como ya hiciera alguna otra vez antes. Debía de pensar que los humanos eran muy extraños para no querer salir de aquel lugar.

—En el hueco con agua, entre dos escalones rotos, tienes lo que buscaba el animal… Es triste —expuso Samuel desde el fondo.

—Oh, ya lo veo… Vaya, sí, qué lástima…

Se agachó para comprobar.

—Su pequeño debió de caer al agujero y no fue capaz de regresar sin saber volar todavía.

—La madre todavía sigue tratando de salvarlo. Parece mentira lo inteligentes que pueden llegar a ser este tipo de aves…

—Muy cierto, son casi humanas. Es asombroso como nos atrajo hasta él… Luego se lo llevaré para que llore su muerte. —Julián apartó al pobre polluelo y continuó el descenso.

—¡Vamos, date prisa! —le gritó su hermano impaciente.

—¡No me fuerces, eso me falta!

Julián continuó con cautela y a regañadientes por aquel túnel vertical y sinuoso.

—Por fin, aquí estás… —Se alegró al ver a su hermano a la par que inspeccionaba con la linterna las paredes de lo que parecía una pequeña bóveda. Se había colocado detrás de Samuel y echaba, como él, vaho por la boca al respirar; el frío era intenso allá abajo—. ¿Qué será esto?

—Es como si fuera una mina abandonada, como si alguien hubiera seguido una veta. Desde luego con esta temperatura cualquier cosa que almacenases se conservaría en perfectas condiciones.

—¡Ostia!… —Julián, de pronto, horrorizado, dio un paso atrás. Acababa de darse cuenta de lo que yacía a los pies de su hermano—. ¿Qué es eso?… ¡Samuel!… ¡¿Es lo que yo creo?!

—Sí, Julián… Debe de ser un cadáver.

—Pobre hombre… —se lamentó mostrando repugnancia con el rostro—. Que desagradable… ¿Quién será?

—Toma, encontré un paquete de tabaco y su cartera más arriba. —Samuel se la alcanzó a su hermano.

—¿A ver? Dame…

—¿Será el hombre de las noticias de esta mañana al que buscaba su mujer?

Julián escudriñó los documentos que encontró en la cartera.

—¡Sí que es!… —manifestó tras un par de segundos—. Pues ella parecía muy preocupada —agregó recordando—. Me dio envidia ver el cariño y el apoyo de su esposa. Parece que se querían bastante. No acudió a su cita y nadie sabía de él desde hace días. Ella temía que hubiera hecho una tontería porque llevaban un tiempo separados y él no lo llevaba bien… Y aquí está —se dijo con cierto estupor.

—¿Qué le habrá pasado para acabar así de esta forma? No tiene sentido…

—Debió de caer huyendo de su destino —alegó Samuel sin demasiada comprensión por lo que pudiera haber sucedido.

Quizá, después de todo, los miedos de Juan Manuel respecto a su relación eran infundados y su sufrimiento fue más producto de su propia mente obsesiva que de la realidad, una vez más.

Ante la atónita mirada de ambos hermanos que no daban crédito a la escena, el cadáver rígido y ensangrentado de un hombre completamente vestido se sostenía de rodillas cara a ellos. La visión era perturbadora y extraña. Mantenía los ojos cerrados, una cerilla en la mano y una cajita de mixtos en la otra y se situaba a un metro escaso de los pies de la escalera que ellos todavía no habían descendido por completo. Permanecía detenido en el tiempo en aquella pequeña oquedad de no más de nueve metros cuadrados sin más accesos que el que ellos habían utilizado. No parecían encontrar explicación a la imagen que tenían delante.

—Fíjate lo que sujeta entre los dedos —comentó Samuel.

—Una cerilla, ¿por qué no la prendió? —se preguntó Julián.

—¡Quién sabe! Le hubiera indicado fácilmente la salida… Solo tenía que subir las escaleras. No parece ahora tan difícil, incluso a oscuras.

—Por la caja vacía da la impresión de que era la última que le quedaba. Pero no lo entiendo… ¿Qué hace a los pies de la escalera mirándola de rodillas? ¿Porque no la subió?

—Apaga la linterna.

—¿Por qué?

—Tú apágala.

Ambos lo hicieron.

—Ya…

Se hizo un profundo silencio.

—¿Qué? No se ve nada.

—¡Exacto!… Aquí abajo no llega la luz del exterior, es perturbador, ¿no te parece? —indicó Samuel volviendo a encender su luz.

—Pues tienes razón, acojona.

—Quizá le dio un ataque o murió de miedo al verse perdido y solo. ¿Cuánto tiempo crees que ha permanecido así?

—No creo que mucho, si no, no se podría estar aquí del olor.

—Voy a comprobar…

Samuel se levantó y se dirigió hacia el cadáver. Lo observó muy de cerca, lo tocó, le tomó el pulso y lo escudriñó ante la atenta mirada de su hermano. A pesar de estar agarrotado su piel se hundía al presionarla con los dedos. Acercó su oído a las fosas nasales, a la boca y trató de encontrar alguna señal inesperada. Le abrió los párpados…

—¡Julián! ¡Este hombre está vivo! —exclamó de repente ante la increíble sorpresa de quien lo observaba sin dar crédito a sus palabras.

—¿Qué estás diciendo? No puede ser.

—¡Te digo que sí…! ¡Sus pupilas…! Ven a comprobarlo.

Los dos hermanos rodearon incrédulos aquella escultura humana en que se había convertido Juan Manuel.

—Creo que tienes razón Samuel. Su temperatura a pesar del frío… y su aliento está caliente. Quizá ha sufrido una catalepsia. Ayúdame a moverlo, tumbémoslo en el suelo y saquémoslo de aquí.

Ambos se entusiasmaron por su descubrimiento.

—¡Qué bien que llegamos a tiempo! —exclamó Julián.

—¡Avisemos a emergencias!

 

FIN

 

Epílogo

Al final Juan Manuel arrastrado por sus miedos había acabado encontrándose con los fantasmas de su mente que no le dejaron ver la realidad y a punto estuvo de sucumbir dejándose llevar por ellos.

Ese mismo miedo que a Juan Manuel le impidió encender la cerilla es el mismo que imposibilita, en tantas ocasiones, optar por encontrar nuestro propio camino, generando en la psique decenas de preguntas que nos confunden y frenan. Cuando quizá, la respuesta se encuentre delante y solo haya que iluminarla con esa simple cerilla que daba tanto miedo encender. Con toda seguridad al prenderla se ilumine una escalera inesperada que aguarda oculta para ser ascendida y ayudarnos a encontrar aquello que tanto anhelábamos.

 

 

 

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