La urraca y la cerilla (Parte2)

Relato corto: La última cerilla. Apólogo sobre el miedo a actuar

Relato de terror psicológico: La urraca y la cerillaRelato de tensión psicológica.

La urraca y la cerilla.

Un relato de tensión psicológica.

 

Juan Manuel sale huyendo de la ciudad, necesita estar solo. Piensa que la naturaleza le va a arropar, a ayudar con sus problemas. Pero no sabe que esta tiene una sorpresa preparada para él y que en realidad se va a convertir en su juguete si no consigue salir de allí pronto…

Siempre fui un admirador de Poe y sus relatos y quise escribir uno que recreara esa atmosfera suya tan particular: la sensación de desesperación en el personaje que lo absorbe por completo.

 

La urraca y la cerilla (Parte 2)

Tan solo se respiraba silencio, la quietud era absoluta. Sus ojos continuaban fuertemente cerrados y su mente, vacía todavía, permanecía en letargo. Muy lentamente comenzó a despertar. ¿Qué había sucedido? Magullado y confuso aún, le pareció como si el tiempo transcurriera muy despacio, mucho más lento de lo normal. No sentía dolor, frío o calor, en realidad no sentía nada, como si su cuerpo hubiera dejado de pertenecerle. Aquella idea le hizo albergar la posibilidad de haber abandonado el mundo de los vivos. «Debo de estar muerto, eso lo explicaría todo».

En completa oscuridad decidió mover su mano derecha y esta, milagrosamente, le secundó en su idea. Con ella, aún angustiado, palpó su otro brazo…, allí estaba; el pelo, el cráneo, el rostro, la nariz, la boca… Solo en ese momento empezó a sentir dolor, sobre todo en la cabeza y la espalda, no podía estar muerto. Al instante una idea inundó su mente… ¡No sentía las piernas! Bajó la mano esperando notar la tela del pantalón pero en su lugar dio con un frio objeto húmedo. El terror lo bloqueó… ¡Oh, Señor! Una gran roca debía de habérselas aplastado. ¡Había perdido las piernas!

Aquella idea le hizo estremecerse y acelerar el corazón que comenzó a bombear deprisa, la adrenalina lo inundó instantáneamente como el gas al inflar un airbag. Moriría de una larga agonía. Desesperado, intentó relajarse para pensar con más claridad. Palpó a su alrededor de nuevo, despacio, tratando de no sugestionarse por lo que encontrara. Tembloroso, advirtió así, por fin, que había caído de rodillas y permanecía sentado sobre sus propias piernas.

Ligeramente aliviado abrió los ojos, hasta ahora no lo había hecho. Esperaba recibir algún estimulo visual, pero su cerebro dibujó un lienzo monocolor, uniforme. Se preguntó si se habría quedado ciego y se angustió aún más.

Esperó a ver sombras con el tiempo, pero las sombras no llegaron

Por el momento no era capaz de encontrar el fichero cronológico de cómo había llegado a aquella situación. Buceó insistentemente en su aletargada mente intentando encontrar que terrible y aparatoso accidente de tráfico le había llevado hasta allí, y fue cuando, profiriendo todo tipo de vocablos malsonantes, recordó al ave ladrona culpable de todos sus males. «¿Qué querría esa insensata burlona? ¿Sería una más de sus víctimas confiadas?»

—¡Socorro! ¡¿Hay alguien ahí?! —gritó de pronto como un impulso inconsciente, aunque su voz con fuerte eco no se extendía como él hubiera deseado. Estaba agarrotado.

Nadie contestó a ninguna de sus plegarias, ningún sonido secundó al suyo…

Cada vez se atormentaba más… «En una cueva a oscuras no voy a poder encontrar la salida» se repetía una y otra vez. «A tientas estoy muerto. La gruta puede ser enorme. Un laberinto de recovecos, cámaras y pasadizos en los que me perdería irremediablemente vagando sin rumbo». Acabaría desquiciado dándose cuenta de que iba a terminar sus días solo, atrapado en su propia tumba. «Jamás volveré a ver a mis hijos…, a mi mujer». De pronto, en aquella situación límite, se dio cuenta de que la seguía amando terriblemente y le aterró la idea de no volver a verla. Quiso llorar. Pensó que nunca lo encontrarían. Nadie sabía dónde estaba.

En esa vorágine de caóticas conexiones sinápticas un destello de cordura lo abrasó. «¡El mechero!» Sin embargo, no tardó en recordar con enojo que se encontraba dentro del paquete de tabaco y que este había sido robado por la desgraciada malhechora. Su esperanza de hacer luz se había desvanecido.

Los nervios aceleraron su ritmo cardiaco, se negaba a sucumbir allí solo.

Entonces una nueva idea fugaz le recorrió la mente como un diminuto neutrino atravesándola. Él siempre llevaba en la chaqueta una caja de cerillas para, en caso de quedarse sin fuego, tenerla como última opción. Una idea que fraguó años atrás, ante la desesperante circunstancia de no poder encender un cigarrillo por falta de gas en el mechero y de gente que pudiera ayudarle. Ya le había ocurrido antaño y fue una de las peores sensaciones de su vida. Desesperado, había vagado en busca del fuego como los antiguos antepasados del homo sapiens. Nunca había sentido tanto la necesidad de llevarse un cigarrillo encendido a los labios como aquel terrible día en que no pudo hacerlo y se había obligado a llevar una cajita de mixtos para una situación de emergencia. Aquello le hizo albergar una nueva esperanza. Pensó que la suerte no lo había abandonado por completo. ¡Dios! ¡Como necesitaba un cigarrillo ahora!

Excitado por la revelación, se tocó la chaqueta con movimientos enérgicos esperando encontrarla. Y no tardó en conseguirlo para alivio de todo su organismo que, al unísono como una orquesta bien dirigida, se estremeció de satisfacción. Entre sus dedos deslizó una pequeña cajita de cartón con el borde rugoso para poder hacer fricción con el fósforo de las cerillas. Las endorfinas estimularon sus sensores del placer, por fin un respiro en su agotadora desgracia.

La zarandeó suavemente esperando escuchar algún eco que inundara su sentido del oído que había permanecido aletargado hasta ese momento. Y efectivamente así ocurrió, un sonido precioso brotó, como una sinfonía de Beethoven para sus tímpanos, el de las cerillas al sacudir rítmicamente como diciéndole que sí, que allí estaban para ayudarle a escapar de su osada aventura. Detuvo el movimiento y la manoseó todavía cerrada saboreándola al tacto. Al no ver, había empezado a apreciar las cosas y a sentir a su alrededor de una manera diferente, mucho más intensa. El resto de sentidos se le habían hiperdesarrollado. Hasta podía oler el fósforo de las cerillas en el interior.

No obstante, antes de hacer ningún movimiento decidió preparar la estrategia. No quería empezar a encender cerillas y advertir tarde que, sin más luz, había perdido la posibilidad de llegar a la boca de aquel valle que se lo había tragado, quizá para siempre. Los fósforos, reflexionó, daban para muy pocos segundos y, además, alumbrarían solo unos pocos metros delante de él, por tanto, debía encender una y rápidamente vislumbrar el siguiente acceso recorriendo la máxima distancia a oscuras hasta encender otra. Así, poco a poco ascendiendo, si no se perdía en pasadizos secundarios o se encontraba con un gran salto hacia arriba imposible de sortear, podría alcanzar la entrada. Para ello debía saber de cuántas cerillas disponía.

Abrió la caja muy lentamente preocupado porque no se le cayeran. Introdujo el dedo índice dispuesto a contar su número al tacto, muy despacio. Lo hizo una, dos, tres y hasta cuatro veces tratando de contar una más en cada nuevo intento. Sin embargo, en todos ellos el recuento le dio el mismo resultado. El corazón le lanzó una fugaz sacudida desesperada que lo angustió vorazmente… ¡En aquella caja solo quedaba una cerilla!

Continúa en la parte 3/4…

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