La urraca y la cerilla (Parte3)

Relato corto: La última cerilla. Apólogo sobre el miedo a actuar

Relato de terror psicológico: La urraca y la cerillaRelato de tensión psicológica.

La urraca y la cerilla.

Un relato de tensión psicológica.

 

Juan Manuel sale huyendo de la ciudad, necesita estar solo. Piensa que la naturaleza le va a arropar, a ayudar con sus problemas. Pero no sabe que esta tiene una sorpresa preparada para él y que en realidad se va a convertir en su juguete si no consigue salir de allí pronto…

Siempre fui un admirador de Poe y sus relatos y quise escribir uno que recreara esa atmosfera suya tan particular: la sensación de desesperación en el personaje que lo absorbe por completo.

 

La urraca y la cerilla (Parte 3)

Los nervios se apoderaron de nuevo de él. «No puede ser» pensó, «tiene que haber más o tengo que tener alguna otra caja». Cerró la cajita y escudriñó por completo todos los bolsillos de la chaquetilla y del pantalón. Lo hizo minuciosa y obsesivamente. Pero, salvo por un paquete de chicles prácticamente agotado, un manojo de llaves y unas monedas, no portaba nada más con lo que hacer luz. Se dio cuenta además de que había tenido que perder la cartera en la caída. Demasiados nervios concentrados ese día. Su alegría se acabó tornando en desesperación. «Si hubiese traído el móvil» se lamento.

«Al menos tengo una, peor hubiera sido no tener ninguna» se dijo. Por fin se convenció y se dispuso a frotarla contra el canto de la caja. Necesitaba ver en cualquier caso dónde se encontraba, cómo era la cueva a su alrededor, en qué lugar se encontraría el hueco para comenzar la subida. Y entonces se le ocurrió: «¿Y si hace demasiada humedad para que encienda?… ¡Calla! Eso se verá cuando la frote» se contestó rápidamente. Volvió a prepararse para encenderla de nuevo. «¡No! Espera… ¿Y si intento encenderla y con el temblor de mis manos el fósforo se deshace o salta o se me cae? No habrá segundas oportunidades». Aquella cerilla era su única esperanza y no podía malgastarla.

Puso su mente de nuevo a razonar: «Podría quemar la chaqueta para tener algo más de tiempo de luz y desplazarme con ella en llamas», pensó como una revelación. Aunque enseguida recordó que la piel natural era difícil de hacer arder y él solo tenía una cerilla. Podría simplemente desperdiciarla tratando de prenderla y todo se habría acabado. Además, con aquel frío y sin la chaqueta lo iba a pasar muy mal si después no daba con la salida.

El miedo aumentó; miedo a la absoluta oscuridad que no cesaba y que lo había atrapado enrollándolo como una tela de araña invisible; miedo a la incertidumbre; miedo a no poder salir de allí. Su corazón se aceleró más aún, pero esta vez no fue una descarga de adrenalina por un susto repentino, sino más bien un sentimiento profundo de miedo que había anidado en su interior. Podía sentir las gotas de sudor en su frente a la vez que el frío en sus piernas dormidas demasiado tiempo apoyadas en la fría roca.

Se puso a elucubrar con el tamaño y la forma de la cueva. Trató de calcular la distancia a la entrada repasando el tiempo que había permanecido cayendo y la manera en la que la descendió con sus numerosos giros y espacios en caída libre y se dio cuenta de que no podía calcularlo. El corazón le iba cada vez más acelerado. En la quietud total de la cueva empezó a escucharlo: tu-tum tu-tum. Era capaz de imaginárselo como alguna vez lo había visto en la televisión en alguna operación a corazón abierto, haciendo el sobreesfuerzo por bombear más sangre en menos tiempo, sobrepresionando sus arterias.

Pensar en su desenlace le mataba.

Con la cerilla en la mano comenzó a especular sobre dónde había caído. Podía haberlo hecho en un hueco de paredes lisas, como un pozo, sin posibilidades de agarre para superarlo. Aquello despertó su miedo a encender la cerilla y darse cuenta de sus verdaderas condiciones. ¿Y si había ido a parar a una pequeña cornisa que sobresalía de una enorme pared vertical y se encontraba a medio camino en un equilibrio inestable en el que mover un solo centímetro de su cuerpo lo haría precipitarse al vacío? Quizá si moviera las piernas podría provocar un desprendimiento y quedar sepultado bajo toneladas de escombros en una muerte agónica y cruel; o resbalar y tambalearse hacia el abismo hundiéndose más en las entrañas de aquella caverna maldita. Bloqueó sus músculos para evitar el desastre.

En aquel remolino de reflexiones yuxtapuestas un nuevo tipo de ideas llegó a su mente: se le ocurrió que al prender la cerilla miles de murciélagos se le podrían abalanzar volando desde las paredes de la gruta confundiéndole y no dejándole avanzar. Imaginó que miles de ojos a su alrededor le estarían observando y visualizó la cueva repleta de ellos. La imagen le horrorizaba. Agudizó los tímpanos al máximo para comprobar si era capaz de escucharlos o cualquier otro sonido que viniera de las entrañas de aquel lugar maldito y trató de no perturbar la quietud con su propia respiración o los latidos de su corazón cada vez más audibles. La tensión crecía en su interior y empezaba a ver imágenes irreales creadas por su subconsciente en aquella pantalla de perfecta oscuridad.

Quizá eran serpientes las que lo rodeaban como en las películas de Indiana Jones. Nervioso, las vislumbró como con los murciélagos, esperando a morderle en cuanto encendiese la cerilla; y ellas no harían ruido para avisar de que allí moraban.

¿Y si no era el único que había caído en aquel agujero y se encontraba rodeado de cadáveres que, como él, se habían despeñado por el foso? Sería espantoso encontrárselos de frente al hacer luz. ¿Dónde habrían ido a parar todas aquellas almas perdidas? ¿Seguirían allí atrapadas?

Entre pensamientos angustiosos, de improviso, con la cerilla todavía en la mano y la cajita en la otra lo escuchó por primera vez: un sonido de ultratumba muy lejano a su espalda le acababa de enviar una señal. Provenía del fondo de la cueva. Le dio a entender que, tal y como él había pensado, la caverna era bastante profunda y con mucha probabilidad estaba habitada. Definitivamente no estaba solo allí abajo. Estremecido, agudizó el sentido del oído y trató de contenerse para no desvelar su posición hasta saber de qué se trataba. El vello de su cuerpo se erizó y el noventa por ciento de su capacidad cerebral se puso al servicio de sus pabellones auditivos. Esperó volverlo a escuchar por espacio de muchos minutos, quizá alguna hora. En aquella completa oscuridad había perdido el sentido del tiempo, muy probablemente del espacio y empezaba a perder el sentido de la cordura.

«¿Sería una de aquellas almas en pena, el fantasma de algún muerto anterior a él?…» Se descubrió pensando de pronto. Imaginó un ente semitransparente vagando por los túneles de aquella cueva con expresión terrorífica. Algo que le hizo sentirse mucho peor. «Pero no…, debe de ser algo físico…» pensó con cierta cordura.

Y, como si lo hubiera predicho, aquel aterrador sonido retumbó de nuevo, algo más cerca esta vez. Ya no había duda, alguna criatura caminaba hacia él.

Hasta ahora no se había imaginado más que animales pequeños, pero aquel eco empezó a despertarle la idea de que fuera algo grande. «¡Un lobo!… No, no, los lobos no habitan en cuevas… ¿O sí?». En su mente surgió un gran lobo con los ojos ensangrentados enseñando sus colmillos, completamente erizado, y le infundió un miedo terrible.

Quería salir corriendo, pero ¿cómo? Volvió a sentirlo por tercera vez. Definitivamente aquella criatura ya no se oía tan lejana y con una única cerilla en su mano de unos pocos segundos de tiempo se encontraba atrapado sin escapatoria posible. Encenderla ahora, además, daría el aviso de que allí estaba. Una gran gota de sudor le recorrió la frente, la mejilla y le resbaló por el mentón; a ella le siguieron otras.

Su respiración se hacía cada vez más rápida y enérgica como si le faltara el aire, a pesar de que trataba de minimizar su propio ruido en busca de los signos de aquel posible vecino de celda. Se tapó la boca para no escucharse a sí mismo, pero el aire que no podía evitar que saliera de su tráquea deslizándose entre los dedos era mucho más escandaloso.

Había conseguido que su cerebro en estado de alerta límite dejase de escuchar las partes de su organismo que no eran imprescindibles para la tarea de localizar aquello que se dirigía hacia él, evitando así cualquier interferencia que pudiera distraerle. De ese modo, sin darse cuenta, había dejado de sentir dolor o frío. Algo se dirigía hacia él y era lo único que le importaba. Deseaba que no siguiera avanzando y rezaba para que el animal no reparase en su presencia.

De nuevo, más cercano, pudo distinguir con claridad roces y pasos sobre la roca, incluso algún tipo de respiración expulsando aire como el resoplido de un caballo o de un… ¡Oso! En aquellas montañas los había o al menos su estresada mente lo pensaba. En ese momento lo tuvo claro y el miedo se tornó en pánico absoluto. Un oso podía perfectamente despedazarlo y desgarrar su carne como un cuchillo la mantequilla. Se achicó sin llegar a moverse bloqueado por el terror y esperó a que pasara de largo o se dirigiera a alguna otra parte de la cueva.

Se imaginó un gran oso pardo con su pelaje marrón dorado, enorme y salvaje, caminando mientras olisqueaba por los pasadizos de la cueva siguiendo su rastro. Lo alcanzaría inevitablemente en poco tiempo si continuaba su avance. Solo quería desaparecer. Comenzó a escuchar la respiración del animal más seguida y sus pausados pasos más cerca. Estaba agarrotado y únicamente podía esperar a que aquel animal no lo detectara o no lo viera como comida.

En la soledad de la cueva se estaba engañando a sí mismo, su subconsciente sabía muy bien que el olor lo atraería hacia sí, si no lo hacían antes sus jadeos. En realidad no era miedo, era pánico lo que sintió cuando lo volvió a escuchar demasiado cerca. Debía de estar ya a escasos metros de él. Era un oso definitivamente. ¿Qué podía hacer para luchar contra aquella bestia? Se encontraba a su merced. Con su cerilla en una mano y la cajita para encenderla en la otra temblaba sin poder evitarlo y jadeaba tratando de que no se le escuchara demasiado en una batalla contra su propio cuerpo, sin embargo, su corazón era como una sirena indicando que allí estaba.

El plantígrado poco a poco se situó más próximo, hasta que le dio la impresión que se paraba justo detrás de él a pocos metros. ¡Era el fin!… Debería de encender la cerilla y levantarse gritando, haciendo el mayor ruido posible para asustarlo, pero sus tendones no secundaron en ningún momento sus pensamientos. Presa del pánico, lo único que alcanzó a hacer fue apretar los ojos, tensar los músculos un poco más y rezar.

Pudo sentir perfectamente los movimientos de cabeza y hocico del carnívoro como si lo hubiera detectado y estuviera descifrando quién había osado entrar en sus dominios. Le oía expulsar el aire por la nariz mientras inspiraba para captar aquel olor que él desprendía.

Tras un largo y angustioso silencio notó una ligera brisa en la piel de su cuello que lo hizo estremecerse. Una bocanada de aire cálido y húmedo exhalado sin duda por las fosas nasales de la enorme criatura. Había llegado su hora. Indefenso e insignificante no era rival para aquella bestia sedienta de sangre. Sintió el tacto húmedo del hocico del animal en el cuello bajo su oreja derecha y lo escuchó resoplar de nuevo antes de hacer lo mismo en su lado izquierdo. ¡Dios mío! En aquella posición esperó el zarpazo del animal. Se le congeló la sangre. El pánico lo había asolado definitivamente. Sus uñas se clavarían en su carne sin esfuerzo y deslizarían abriendo su cuerpo de lado a lado. Solo deseó que fuese rápido para no sufrir un dolor atroz.

No podía ofrecer resistencia alguna, sabía que no era rival para aquella enorme criatura y, súbitamente, su propia mente se relajó. Para que seguir aterrado si ya conocía su destino. Una nueva sensación le invadió. Había llegado su hora y por fin lo aceptaba con serenidad. Perdió definitivamente ese miedo que lo había estado atenazando durante demasiado tiempo y que había manejado su conducta desde que le atrapó la incertidumbre de acabar abandonado en aquella cueva, la que ahora sería su cueva. Entendió que este era su lugar, aquel donde reposarían sus huesos. Sus neuronas dibujaron al fin una ligera mueca de aceptación, alivió su cuerpo tensionado y afrontó su suerte.

En ese momento el enorme úrsido se puso en pie sobre sus patas traseras, lanzó un gran alarido detrás de él, que continuaba arrodillado de espaldas en completa oscuridad sin soltar su cerilla, y lo despedazó de un solo zarpazo. Una vez en el suelo lo terminó de desgarrar con sus propias fauces. Poco iba a desperdiciar de aquella cena inesperada.

Fue rápido, Juan Manuel no experimentó dolor, al contrario, extrañamente sintió mucha paz. En sus últimos instantes la vida pasó por su córtex como un film a cámara rápida y se dio cuenta de que no había sido tan horrible como él la recordaba, había cosas que merecieron la pena. Así, sin odios ni rencores hacia nadie y mucho menos hacia su verdugo, que al fin y al cabo lo haría para alimentar a su camada, se dejó llevar. De alguna manera murió satisfecho y en paz consigo mismo.

Y hasta consiguió ver el túnel. Era tal y como se lo había imaginado alguna vez, con la misma intensa luz al fondo que lo atraía. ¿Quién le esperaría al otro lado?

Continua en la parte 4/4…

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