La urraca y la cerilla

Relato corto: La última cerilla. Apólogo sobre el miedo a actuar

terror psicológicoRelato de tensión psicológica.

La urraca y la cerilla.

Un relato de tensión psicológica.

 

Juan Manuel sale huyendo de la ciudad, necesita estar solo. Piensa que la naturaleza le va a arropar, a ayudar con sus problemas. Pero no sabe que esta tiene una sorpresa preparada para él y que en realidad se va a convertir en su juguete si no consigue salir de allí pronto…

Siempre fui un admirador de Poe y sus relatos y quise escribir uno que recreara esa atmosfera suya tan particular: la sensación de desesperación en el personaje que lo absorbe por completo.

 

La urraca y la cerilla (Parte 1)

Incapaz de calcular el tiempo transcurrido, Juan Manuel decidió apearse del bus que había ayudado a su atormentada mente a escapar de la ciudad. Era un jueves cualquiera para el resto del mundo, pero no para él. El vehículo se detuvo en un lugar extraño lejos de cualquier aldea conocida. Lo eligió ella, esa neurona divergente que todos tenemos confinada en algún lugar esperando a ser liberada.

Agarrado todavía a la barra metálica de la puerta delantera puso, por fin, ante la insistencia del malhumorado conductor, un pie en el asfalto. Observó el paisaje, indeciso, y respiró profundamente. El fresco y oxigenado aroma de aquel rincón exuberante inundó sus fosas nasales permitiéndole, por un instante, dejar en segundo plano sus problemas. Un embriagador éter que a punto estuvo de hacerle perder el equilibrio, cuando el vehículo, sin esperar a que hubiera descendido por completo, se puso en marcha con el mismo nerviosismo que su conductor. «¿Existirán en el futuro autobuses capaces de filtrar el estado de ánimo de quien los gobierne y mostrar así, siempre, una agradable respuesta hacia los usuarios?» se preguntó. Definitivamente hoy su mente divergía.

Una vez solo, comenzó a deambular sin rumbo como sus conexiones sinápticas y fue poco a poco dejándose fundir con aquel decorado que hoy lo llamaba. No tardó en encontrarse ante un camino fabricado en arena y barro, materiales creados por una madre tierra que se veía espléndida a finales de la primavera. Las lluvias de las semanas anteriores habían conseguido que la vegetación creciera en luminosos tonos verde claro. Encinas, fresnos y avellanos, eran la antesala de bosques de castaños y robles. Todos ellos hacían que el paseo se sintiera apacible y enriquecedor, como si no fueran árboles sino sabiduría concentrada los que le estaban observando. Surcados de profundas experiencias que agrietaban sus cortezas, parecían meditar a su paso cual maestros conectados entre sí a través de una invisible red neuronal enterrada. Transmitían de esa manera, sin palabras, múltiples sensaciones que él todavía no era capaz de interpretar.

El agua recién caída abría espejos donde se reflejaban los árboles invertidos, remansos de arte natural que regalaban una bonita imagen simétrica del bosque y que le hicieron detenerse en alguna ocasión a observar su propia alma que hoy no reconocía.

Cansado de vagabundear o más bien falto de forma, se dirigió hacia unas moles de roca caliza que coronaban un cerro en una zona despejada. Allí se detuvo a tomar aliento y a observar el mundo a su alrededor. Mientras se recuperaba, cedió ante la seducción de los sonidos de la naturaleza, de los que nunca había sido un ferviente admirador antaño, pero que hoy le estaban sorprendiendo. Absorbió el sano aliento de las montañas con sabores a madera y humedad, a calma y frescor, a flores e insectos. Observó como decenas de estos últimos, algunos muy coloridos, volaban a su alrededor como siguiendo el compás de una sinfonía interpretada por las plantas.

Desde aquel mirador, enfrascado en sus pensamientos, sacó un paquete de cigarrillos dispuesto a cambiar por completo la idílica estampa. ¿Cómo había tomado la decisión de llegar hasta allí?, ¿de dejar la ciudad y sus problemas?… Sin duda el miedo…  Ese mismo día se había citado con su mujer y se temía lo peor. Llevaban dos semanas viviendo separados. No soportaría que le pidiera el divorcio. Aquellos días habían sido los peores de su vida, se había sentido terriblemente solo, bloqueado. Se encontraba perdido. En su huída buscaba un empujón, un estimulo que le devolviera la magia para emocionarla de nuevo como antes solía hacer. ¿Qué le había pasado a su vida?

Y allí estaba, sin móvil ni reloj, sentado en algún lugar del complicado planeta azul sin saber muy bien porque había acudido a su llamada.

En el tiempo en que estuvo interiorizando sus sentimientos y se disponía a sacar el dulce instrumento de relajación de su envoltorio, una urraca traicionera apareció de improviso y, como si no aprobase la escena, le arrebató el paquete de las manos.

Asombrado por aquel gesto desvergonzado comprobó, con cierto alivio, como el animal se detenía en una roca próxima con la cajetilla en el pico y desde allí lo miraba con una turbadora inocencia. El ave ladeaba la cabeza y parecía querer que la siguiera en su juego. Con su larga cola y sus elegantes colores le permitió advertir que además del blanco y el negro con los que siempre las asociaba, había surgido un espectacular tono azul intenso que brillaba con el sol como si fuese un metal precioso.

Se levantó y mientras avanzaba en su busca le devolvió una sonrisa creyendo que, tras la fechoría, soltaría su tesoro. Pero el córvido, que no pretendía terminar tan pronto su travesura, se movió de un salto a otra roca y se le quedó contemplando nuevamente. La volvió a seguir y el pájaro voló a un nuevo promontorio un poco más abajo desde donde se volteó hacia él curiosa, moviendo la cabeza como si le hablara. Aquel comportamiento lo confundía y lo atraía a la vez. ¿Le estaría queriendo decir algo o acaso él había perdido la cabeza?

Continuó en su misteriosa trayectoria esperando poder recuperar su paquete. No parecía querer ir demasiado lejos. Al menos aquel animalillo le hizo olvidar por un momento sus actuales circunstancias.

Bajó las rocas y arbustos, a veces de manera abrupta, mientras pensaba que ya no era tan joven como para estar efectuando aquellas demostraciones de destreza y comprobó como el ave se detuvo finalmente en la rama de un arce añejo.

Una vez se hubo aproximado lo suficiente descubrió que bajo ella, a cubierto de los rayos solares, se abría la entrada a una pequeña gruta. Un estrecho agujero que el tiempo había cubierto de arbustos casi por completo.

En cuanto empezó a sumergirse bajo la sombra que caía del árbol su pequeño amigo, sin darle tiempo a reaccionar, abrió el pico y dejó caer su preciado objeto de deseo. Este desapareció irremediablemente en la oscuridad de aquel agujero que, de pronto en su imaginación, tomó la forma de unas horrendas fauces que lo engulleron.

Increpó a la villana que todavía lo miraba desde lo alto de la rama del anciano como si el juego no hubiera concluido y se apoyó en un madroño arbustivo mientras acostumbraba los ojos a la oscuridad. Nervioso, examinó con recelo dónde habría ido a parar su preciado paquete. Aquel objeto cotidiano se había convertido de pronto en una pieza de arqueología única que lo encumbraría para la posteridad.

—¿Qué clase de juego es este? ¿No sabes que lo necesito? ¿Qué voy a hacer ahora pícara desvergonzada? —recriminó a la urraca que, sin saberlo, le había erigido en protagonista de una fábula de Esopo.

Antes de que su insólito contertulio contestara escuchó un chasquido y, sin tiempo para reaccionar, advirtió con terror como la rama que lo sustentaba se partía y le obligaba a adentrarse irremediablemente de cabeza a través de aquella boca a los infiernos. Se protegió como pudo haciéndose un ovillo y cayó sin poder detener su movimiento durante un tiempo interminable en el que llegó a perder el conocimiento. En su descenso se golpeó en multitud de ocasiones y practicó algunos giros y volteretas. La cueva se hundía en las profundidades de manera caótica y tiró de él como si lo absorbiera, hasta que al fin se detuvo con la noción del espacio y del tiempo completamente perdidas.

Continúa en la parte 2/4 …

 

 

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