La neurona asesina – Capítulo 1


«La paranoia es una forma de conciencia, y la conciencia
es una forma de amor»

Charles Manson (Asesino en serie)

«[Las neuronas], células de formas delicadas y elegantes,
las misteriosas mariposas del alma,
cuyo batir de alas quién sabe si esclarecerá algún día
 el secreto de la vida mental»

Santiago Ramón y Cajal
(Neurocientífico – Premio Nobel medicina)


El excesivo silencio que reinaba en la parte trasera de la casa acabó por sacudir la mente de Melania Estrada como una corazonada aquella tarde de 2009. Interrumpió lo que llevaba entre manos, alzó la cabeza y husmeó el ambiente como si tuviese una especie de radar oculto. Sentía de pronto que algo no marchaba bien.

—Hernan, ¿dónde estás? —preguntó dejando en la mesita del salón la revista de pasatiempos y el bolígrafo Parker que empleaba para completarla—. Hay demasiada quietud en el cuartito del fondo.

Subió el volumen del intercomunicador al máximo sin percibir señal que la tranquilizara. Dispuesta a comprobar aquella anomalía se levantó del sofá, retiró de su rostro la melena estilo Rita Hayworth que le caía sobre los ojos y comenzó a caminar muy despacio.

Desde que los últimos años sus vidas se habían relajado había ganado en tiempo para sí misma y eso le permitía cuidarse. Así, pese a rozar los sesenta y no tener planes de moverse de la casa, ese día lucía especialmente maquillada y joven.

Sigilosa y atenta a cualquier débil vibración, recorrió el pasillo vestida con la inusual sensación que incrementaba su preocupación a cada paso. Alcanzó la férrea puerta lacada en blanco del fondo del pasillo que recordaba en cierta medida a aquellas cajas fuertes de banco de las películas y se dio cuenta de que la hoja estaba ligeramente separada. ¿No la había cerrado con llave? ¡Eso era imposible!

El sombrío aire se había espesado y condensaba sobre su blanca tez en débiles gotas imperceptibles. Movió la cabeza hacia su izquierda, la puerta del jardín permanecía cerrada, todavía entraba mucha luz a través del cristal. Nerviosa, se concentró de nuevo en la pesada puerta de color blanco que tenía enfrente. Cuando el miedo se lo permitió, la empujó completamente con ambas manos. Un débil chirrido imaginario inundó su percepción y todo su cuerpo se estremeció al compás de la vibración amplificada por su propio organismo.

Escaleras abajo, la segunda puerta aparecía afortunadamente cerrada. Respiró profundo y comenzó a descender muy despacio. Una vez abajo, deslizó la mirilla para comprobar el interior de la habitación. La imagen que recogieron sus pupilas fue desoladora. Le costó reaccionar y sintió como si de pronto hubiera perdido el aliento. Su temor había tomado forma. El corazón palpitó acelerado al tiempo que se agitaba su respiración y su mente divagaba temiendo las consecuencias. La angustia acabó apoderándose de todo su cuerpo y las piernas iniciaron un ligero temblor.

Buscó desesperada por todos los rincones con el ojo todavía pegado a la abertura, moviendo la cara de lado a lado, y lo único que le devolvió aquella habitación misteriosa fue un cuarto absolutamente despejado con sus blancas paredes solitarias. Para su cerebro rutinario aquello era incomprensible.

Empapada en su propio miedo se decidió a abrir la puerta. La cerradura tampoco estaba enclavada. Empujó lentamente la hoja hacia el interior hasta desplazarla lo suficiente como para poder asomarse. Cada segundo su organismo se agitaba un poco más. Era la primera vez en todos los años de estancia en aquella ciudad que les ocurría algo así. Su mente racional no encontraba explicación para ello. ¿Sería cosa de Hernan?, se preguntó aun siendo consciente de que jamás habría tomado una decisión tan importante sin habérselo comunicado.

Una vez la puerta se hubo separado en su totalidad, pudo confirmar que lo único que la habitación atesoraba era un candado metálico de contraseña abierto. Aparecía extrañamente plantado de pie justo en medio de la estancia, como si hubiese sido colocado con intención. Un candado de latón y cromo oscurecido por el uso que solo podía significar una cosa para ella.

Conmovida por la inesperada revelación, pensó rápidamente en pedir ayuda. Justo en el instante en que, como si hubiera recibido algún tipo de descarga eléctrica, sintió una fuerte punzada en la nuca y perdió el conocimiento.

Hernando Molina era un tipo fornido y puede que algo huraño, acostumbrado a ir del trabajo a casa sin demasiado interés por otro tipo de esparcimientos. Rondaba la edad de jubilación aunque él decía siempre que nunca lo haría. De carácter familiar, cuando no trabajaba en el taller mecánico pasaba las horas con su mujer en la casa.

La calle deslizaba suavemente apacible desde la colina, poco concurrida en aquel barrio alejado. Era la hora perfecta para pasear cuando el sol comenzaba a perder su energía cerca del horizonte y dispersaba su suave luz por todo el cielo. Transitó a lo largo del alto muro encalado que impedía ver el interior y que se mostraba surcado por diversos huecos que dejaban entrever, en ocasiones, el ladrillo de la estructura. Se detuvo al llegar a la verja de color negro. Abrió la entrada peatonal y accedió al interior. Caminó por el sendero curvo de losetas, rodeado de un jardín no demasiado cuidado cuyo césped se erguía más alto que el resto de hogares de alrededor, hasta alcanzar el umbral de la puerta. La vivienda se protegía del sol y la lluvia por tejas metálicas de imitación y del viento y las miradas indiscretas por sólidos muros de hormigón. A un lado presidía un gran árbol de Guanacaste, frondoso y siempre verde, que se podía ver desde el principio de la calle y que ocultaba gran parte de la construcción.

Pensó en dejar en la zona trasera de la casa la bolsa que asía en su mano. Era su zona personal. Una parte mucho más oscura que lindaba con un terreno baldío, donde una plantación abandonada de árboles de gran talla tapaba el sol la mayor parte del día. Sin embargo, decidió saludar a su mujer primero. No le había dicho que se iba y seguro que estaría preocupada.

—¡Mel, ya estoy en casa! ¡Fui a comprar un poco de grasa para la cortadora! —relató en tono elevado. Cerró tras de sí la puerta principal de madera maciza y dejó el manojo de llaves en el cuenco de porcelana de la mesita de la entrada—. ¿Me has oído? —insistió.

Comprobó el termostato del aire acondicionado, lo bajó ligeramente y se dirigió directo al salón.

—¡Mel! —entonó de nuevo—. ¿Ya estás otra vez encerrada en el baño? Te he dicho miles de veces que así no puedes oír si pasa alg…

Mientras lo decía, desde la misma entrada del salón advirtió que al fondo del pasillo la puerta lacada en blanco estaba abierta. Se quedó helado. Durante varios segundos permaneció inmóvil incapaz de reaccionar observando aquella puerta como si fuera la silueta de un toro de lidia a punto de arrancar hacia él.

—¿Melania? —su voz se tornó ahogada.

El propio eco silencioso que le devolvió la casa fue su respuesta.

Se decidió a avanzar lentamente mientras con la mirada controlaba en todas direcciones y se preguntaba qué había podido ocurrir. Entró sigilosamente en la cocina y, tras abrir el primer cajón de la encimera, seleccionó un cuchillo de gran tamaño.

Con el arma en la mano, se volvió escudriñando el aire en busca de algún sonido delator y salió de nuevo al pasillo para seguir aproximándose al cuartito del fondo. Tenía muy claro que lo sucedido significaba problemas.

Alcanzó el núcleo de sus preocupaciones sin sobresaltos y antes de completar el giro de apertura de la puerta permaneció pensativo. Se temía lo peor. En cuanto la pesada hoja terminó su lento vuelo hasta la pared, lo primero que se reveló ante sus ojos fue el candado que su esposa había descubierto con antelación. Como un objeto precioso de tiempos lejanos glorificado en un museo, se situaba solitario en medio de la habitación. La visión le dijo muchas cosas, olía a venganza. Se armó de valor y, con toda la calma que pudo, bajó las escaleras. En el umbral de la puerta entreabierta contempló con mejor perspectiva el aislado candado en el suelo y algo llamó su atención. Forzó la vista para asegurarse de haber interpretado correctamente el número de la contraseña resaltado. Parecía haber sido dispuesto para él. Al descifrarlo, la escena ya no le ofreció lugar a dudas.

Empujó la hoja sin perder de vista aquel misterioso objeto y, antes siquiera de asomarse, surgió la silueta de Melania sentada en el suelo de espaldas a la pared de su derecha. Permanecía con la cabeza gacha y, sin incorporarla, lo miró de reojo. Pudo observar como su rostro destilaba terror y sorpresa a la vez. Hernando se conmocionó al verla de aquella forma atada de pies y manos. Mordía un pañuelo firmemente amarrado a la nuca y sus ojos exageradamente redondos surgían contorneados por una mezcla de lágrimas y rímel que le chorreaba grotescamente por las mejillas. Con ellos aparentaba querer expresar muchas cosas.

Tragó saliva. Encontrarla de ese modo le aterró. ¿Dónde estaría el autor del delito? Seguramente agazapado tras la puerta aguardando su entrada con aquel señuelo.

Melania comenzó a producir sonidos guturales a los que acompañaba con unos desorbitados ojos y el movimiento repetitivo de su cabeza. Pero sus gestos no le detuvieron. Llevaba el cuchillo y lo levantó preparado para utilizarlo. Se fue asomando muy poco a poco hasta comprobar con alivio que nadie se escondía tras la puerta, nadie más que ellos dos ocupaba aquel espacio de pesadilla. Con cierta esperanza se acercó a su mujer para liberarla, a pesar de que ella, en completo desespero, no dejaba de emitir ruidos, cada vez más audibles, desde las profundidades de su garganta, desde su propia alma quebrada.

En aquel preciso instante, Hernando, como a cámara lenta, perdió la energía en los músculos de sus extremidades y notó como un destello imparable se iba extendiendo al resto del cuerpo. Sintió al fin que los ojos le pesaban y todo se volvía negro. Un solo segundo se hizo eterno y, al igual que un peso muerto, cayó desplomado al suelo a los pies de la puerta del cuartito del fondo.

El 9 de septiembre de 2009 no sería olvidado fácilmente por los habitantes de aquel rincón del mundo. Un doble asesinato que no tuvo repercusión por el número de víctimas o su importancia, sino por la forma en la que aparecieron. La escena del crimen conmovió y aterró al país entero desbordando por completo las televisiones nacionales. El espectáculo exhibido fue dantesco, con un ensañamiento y una crueldad inimaginables hasta el momento.

El Organismo de Investigación Judicial de Costa Rica, el OIJ, llegó a la conclusión de que el asesino los mantuvo retenidos por espacio de doce horas sin alimento ni agua. Los cadáveres desnudos mostraban signos de deshidratación y se encontraban prácticamente sin sangre en las venas. De esa forma, encadenados, permanecieron junto a la pared de la que nunca más se despegarían con vida.

Pero esa fue la visión más amable. Habían sido torturados hasta un extremo inimaginable e incluso a los forenses les costó soportar lo que la escena ofrecía. En sus exámenes llegaron a la conclusión de que tal barbarie tuvo lugar mientras las víctimas eran conscientes, a pesar de que, pudieran perder el conocimiento en ciertos momentos antes de hacerlo por última vez. En realidad, se podía decir que habían sido obligados a comerse mutuamente en vida, como atestiguaban algunos ejemplos que todavía podían contemplarse en la escena del crimen.

El cómo consiguió manipularlos para lograr su cruel objetivo era un secreto todavía oculto entre toda la masa de carne al descubierto. Del mismo modo, la falta de pistas generó bastante confusión debido a que fueron muy cautelosos y no dejaron ninguna huella de su paso por aquella obra demoniaca. El equipo de especialistas forenses explicó que, por el tipo de intervenciones practicadas en los cuerpos y por la forma en la que fueron provocadas las heridas, muy probablemente, una sola persona pudo perpetrar el crimen, aunque no podían descartar que hubiese alguien más observando u ordenando la escena. Lo cual originó la idea de que el asesino, además de muy pocos escrúpulos, tenía nociones de anatomía.

Certificaron que la muerte fue debida a un shock hipovolémico, una gran pérdida de sangre que bloqueó la función de ciertos órganos internos. La muerte no tuvo prisa por llegar y encontraron heridas con sangre coagulada, y algunas hasta cicatrizadas y cauterizadas con algún objeto candente.

Al no encontrarse signos en la casa de haber sido asaltada, salvo el candado y aquella habitación de seguridad vacía, en un principio todo apuntaba al móvil del robo. Sin embargo, no parecía existir un motivo claro para tal crueldad y era difícil eludir la idea de una venganza. Para algunos ticos[1], aquello tenía que ser obra de una cruel banda extranjera organizada de salvajes asesinos o incluso algún tipo de ajuste de cuentas entre bandas de narcos a los que habían dejado un inhumano aviso. Las víctimas podrían ser simples familiares o conocidos de aquellos a los que quisieron doblegar. Aunque, para la policía, la escena alumbraba demasiada singularidad como para no creer en una especie de firma; la obra de algún psicópata que hubiera elegido a sus víctimas por algún misterioso azar.

La pareja asesinada no tenía antecedentes penales ni enfrentamientos o desacuerdos con los vecinos, pese a ser reservados y no prodigarse demasiado fuera de la casa. En su taller el hombre era apreciado y considerado un trabajador metódico. Así, se empezó a ver el crimen como un asesinato horrendo cometido contra dos personas aparentemente inocentes, e hizo pensar que esto mismo podría llegar a repetirse con otros ciudadanos corrientes, lo que generó cierto pánico entre la población.

Por supuesto, se barajó la hipótesis de que el asesino hubiera ocultado sus verdaderas intenciones tras una escena de tipo ritual satánico para ser considerado un enfermo mental, y quedar así exculpado en caso de ser atrapado. Y aunque en la escena no quedaron señales, dibujos, ni frases que lo certificaran, de sobra eran conocidos en todo el departamento los cuantiosos casos alrededor del mundo en este sentido.

El único signo que podía conectar al asesino con la escena del crimen fue aquel candado puesto en pie. Un extraño objeto que reforzaba el móvil del robo, pero que mostraba un número intrigante y aparecía rodeado de sangre sin que esta llegara a tocarlo en ningún momento, como si la escena hubiera sido meticulosamente cuidada. Definitivamente aquella pista fue la más desconcertante. De hecho, tras las comprobaciones periciales se pudo constatar que el asesino había limpiado pequeñas zonas y detalles y modificado otras para dejar una perfecta imagen a su gusto. No parecía haber descuidado una sola gota de sangre, centímetro de piel, órgano, postura, mirada o pelo del cuerpo de ambas víctimas. Algunos expertos especularon que se trataba más de la obra de una especie de artista macabro que la de un asesino propiamente dicho, consiguiendo que el crimen pasara a un segundo plano. Así, con el tiempo, tomó fuerza la idea de que, simplemente, había querido dejar su obra para la posteridad. Obra que ya no admitía lugar a dudas que era la de un demonio, la de alguien no humano.

El misterio rodeó desde el principio a la extraña y ambigua cifra reflejada en la contraseña. El desconcertante número 616, como protagonista en aquel escenario, hizo creer al principio a muchos que podía ser una simple equivocación del asesino que en realidad había querido dejar plasmado el 666, al que, obviamente, habrían asociado al demonio. Algo muy acertado ateniéndose a la escena del crimen. Sin embargo, cualquiera que hubiera estudiado esta, llegaría a la conclusión de que el delincuente había sido una persona en exceso minuciosa, tan cuidadosa en todos los detalles que igualmente habría querido legar una cifra calculada y precisa. Seguramente fuese un código personal y único, indescifrable para el resto, que habría deseado que descansara oculto en aquella oscura representación.

Los primeros días, la oficina del Departamento de Investigaciones Criminales dentro del OIJ parecía perdida con aquel número en clave. Buscaron símbolos, calles, apartados de correos, códigos informáticos, dígitos de células de identidad, prefijos telefónicos, líneas de autobús, vuelos o cualquier elemento que pudiera darles una pista, pero tras las pesquisas nada parecía concluyente o útil. En lo único que coincidían todos era en la necesidad de descifrarlo para lograr descubrir el verdadero móvil y quizá nuevos asesinatos.

Decidieron reclutar de urgencia para tal labor a especialistas en numerología, simbología y análisis numérico, y tratar así de darle un sentido a la única pista que poseían. Un catedrático de Historia, el profesor Enrique Boada, especialista en manuscritos de la antigüedad, y un experto en matemáticas del Instituto Tecnológico de Costa Rica, el profesor Ignacio Almagro, se ofrecieron a desentramar el misterio.

Establecieron una reunión informativa en el OIJ a la que acudiría todo el equipo asignado al caso. Buscaban entre todos desvelar cualquier detalle que les hiciera avanzar en la personalidad del asesino, en un crimen que, hasta ese momento, se hallaba en punto muerto.


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