Walter Russell. El fotón oscuro o el secreto del universo.

Estoy convencido de que a la mayoría de vosotros no os suena este nombre y que, si insisto, como mucho lo englobarías entre los poetas, políticos o quién sabe si banqueros de la historia de la humanidad. Sin embargo, Walter Russell fue un científico contemporáneo de Tesla, Einstein o Schrodinger y tan increíble o más que todos ellos. ¿Por qué entonces no lo conoces? ¿Qué hace que no hayas escuchado al menos alguna vez sus teorías en el campo de la física quántica, física teórica, electromagnetismo, química o astronomía?  El factor principal es que sus teorías son tan revolucionarias, rompen con tantos dogmas, que su amigo Nikola Tesla le dijo una vez: «Guárdalas bajo llave en una caja fuerte y pon que no se abran hasta dentro de mil años, cuando la humanidad más avanzada esté preparada para entenderlas».

Así de increíble, no por haberse demostrado inconsistentes sino por nuestro todavía limitado conocimiento para poder demostrarlas o siquiera asimilarlas.

No obstante,  últimamente la ciencia está aceptando ciertas licencias que hasta hace algunos años se creían inverosímiles, como que mente y materia, de alguna manera todavía no aclarada,  se perturban mutuamente a nivel atómico. Y esto me lleva a pensar que quizá haya llegado el momento de que, con la mente mucho más abierta y madura que en tiempos de la primera guerra mundial, podamos abrir la caja fuerte de las teorías de Russell.

 

Pues bien, de lo que hoy quería hablaros, y por eso el título del artículo, es del principal enigma de la ciencia a día de hoy: el fotón oscuro, aquel que supuestamente forma parte de  la materia y la energía oscuras, la clave de nuestro universo, el noventa por ciento de todo nuestro mundo. Un elemento que se cree que existe por las consecuencias que produce, pero nadie ha conseguido observar ni captar todavía ni con detectores especiales, a pesar de estar gastándose miles de millones de dólares en tratar de descubrir.

¿Y qué pinta Walter Russell en todo esto?, diréis. Muy sencillo, una de sus más geniales aportaciones al mundo del ser humano es su maravillosa tabla periódica de los elementos (Fig 2), completamente diferente a cualquier cosa que conozcáis. Recuerdo el día en que la vi por primera vez, fue para mí como una revelación asombrosa, por fin alguien me mostraba los ladrillos de la vida, los átomos, en una sucesión armónica y uniforme, regular y perfecta. Fue lo que me motivó a profundizar en él.

Aquí tenéis la tabla periódica de los elementos que se estudia hoy en día para que podáis compararla con la de Walter Russell que muy pocos conocen:

 

Fig 1. Tabla periódica de los elementos actual, continuadora de la de Mendeléyev.

 

Fig 2. Tabla periódica de los elementos de Walter Russel.

 

Como podéis observar, la suya es una espiral de Fibonacci casi perfecta que extendida forma una onda senoidal que él separa en octavas, organizando así los átomos. En su disposición de los elementos sobre esa revolucionaria hélice natural, los gases inertes, aquellos átomos que no interaccionan con ningún otro, se intercalan al resto formando un eje que se situa en el centro del conjunto, en una línea recta perfecta, como los pilares más importantes. Esto no puede ser casualidad. Gracias a su tabla, ya en su época consiguió descubrir para la ciencia varios elementos que por entonces eran desconocidos. Muchos nombres que se ven en ella parecen extraños porque ni siquiera hoy en día se han descubierto aún o se les ha acabado otorgando otros nombres.

Si agrandáis la imagen, comprobaréis que en su tabla todos los elementos fluyen y se sitúan con milimétrica precisión a continuación unos de otros sin tener que encajarlos a la fuerza como un tetris con dudoso criterio, en una estructura sin orden claro, nada atractiva y tan poco equilibrada o simétrica como en la actual. ¿Qué es lo que más llamó mi atención y que además está tan relacionado con el secreto del universo? Que para este visionario, y esto lo escribió en el mil novecientos, no lo olvidemos, su tabla periódica no comienza con el hidrógeno, el elemento supuestamente más pequeño para nosotros en la actualidad. No, efectivamente, para él existe un conjunto completo de elementos con masa atómica inferior al hidrógeno que según él­ está fuera de nuestra percepción. Es más, entre el H2 y el Helio sitúa seis elementos no descubiertos todavía o que se consideran isótopos a día de hoy y que él fue el primero en revelar, como el Deuterio y el Tritio. El hidrógeno curiosamente lo sitúa en un lugar intermedio… Esto que puede parecer una locura, hoy con la búsqueda de ese fotón oscuro ha empezado a tomar visos de realidad. ¿Y si esa partícula que buscan los científicos no fuera una sola, sino decenas de tipos diferentes? ¿Por qué el noventa por ciento de toda la materia debería pertenecer a una sola partícula? ¿Y si Walter Russell cien años atrás ya nos reveló el mayor secreto de la humanidad? Entenderéis mi admiración ahora. ¿Quién podía concebir que en nuestro propio mundo existe todo un cosmos material que convive con nosotros, pero que no podemos percibir?

 

De su biografía destacaré un hecho prodigioso y que de por sí daría para una película, una curiosidad que seguro marcó esa visión del cosmos: dicen que durante su vida sufrió varias experiencias cercanas a la muerte. Cruzó el umbral con el más allá y vivió para contarlo. En una de ellas le cayó un rayo y tras estar en coma comenzó a escribir sus teorías y dibujos. Probablemente desde allí se trajo su explicación única del universo. Fue además enormemente polifacético, como lo fuera Leonardo Da Vinci. Pintor, poeta, escultor, arquitecto, científico… Un genio científico-filósofo de la categoría de Platón o Aristóteles, quizá, como dijo Tesla, demasiado avanzado a su época.

No he querido profundizar en sus otras ideas revolucionarias con respecto al electromagnetismo o la gravedad en su magnífica unificación de fuerzas; o que la luz lo es todo y que la materia no es más que luz concentrada por la propia fuerza electromagnética de los átomos; así como su idea unificadora de la generación de galaxias y sistemas solares, porque nos llevaría muchos artículos más complejos. Para Walter Russel todo se rige por las mismas leyes y propiedades, desde los átomos a las galaxias. Esa fue su principal virtud, aunar fuerzas y fenómenos aparentemente dispares. ¿Su secreto? Según sus propias palabras estudiar la Causa y no el Efecto, al contrario que la ciencia hoy en día. El Efecto no es más que una ilusión de percepción, la Causa es la realidad, por eso nos cuesta tanto entenderla, porque solo percibimos los efectos.

Como veis, Walter Russell fue algo más que un simple ser humano, nos abrió los ojos a que este mundo es mucho más de lo que somos capaces de percibir con la vista, los telescopios, microscopios o aceleradores de partículas.

Este es mi pequeño homenaje a una persona a mi modo de ver injustamente olvidada, que estoy convencido dejará de serlo en generaciones futuras. No digo que vaya a estar acertado en todo, tampoco lo fueron los grandes genios anteriores, pero sí puedo aventurarme a opinar que, sin él, no lo lograremos.

 

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